nieva
y los castaños de mi calle erial
se disfrazan de muñecos albos
con nariz de zanahoria
y bufanda de pájaros negros
el horizonte tiene el color
de una tarta sin azúcar ni huevos
extiendo los dedos
y atrapo el aire helado
un trocito de cielo blanco
se derrite sobre la palma de mi mano
tímido
y se lleva consigo
un pedazo de mi sombra
servido por Aurora
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El portón de una iglesia renacentista es el cabezal transitorio de mi cama. La vida a veces es un accidente. En otros tiempos hubiera llorado; hoy cierro los ojos y me embriago de brisa y alba. Él, beautiful stranger, duerme acurrucado en mi regazo como un niño perdido sin casa, ahora encontrado, envuelto en una sonrisa de placidez improvisada. Eso es exactamente lo que somos ahora: criaturas sin techo, errantes felices en la silente noche veneciana. Un gato azul y una máscara de Colombina nos guardan desde una ventana. Amanece el sol, vagabundo, sobre el Adriático. Y todo me late…
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The gate of a Renaissance church is the transitory bolster of my bed. Life is an accident sometimes. I would have cried then; today, I close my eyes and get drunk of breeze and daybreak. He, beautiful stranger, sleeps curled up in my lap like a lost child without a home, now found, wrapped in a smile of improvised placidity. That’s exactly what we are now: roof-less creatures, happy wanderers in the silent Venetian night. A blue cat and a Colombina mask guard us from a window. The sun wakes up, vagabond, over the Adriatic. And everything in me beats…
servido por Aurora
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La Maga Despistada, ávida coleccionista de secretos, nos invita a apadrinar una palabra. Yo le he hecho caso y ahora soy madre adoptiva de la palabra arcano. ¿Por qué? La respuesta sonará obvia/predecible: porque en esta sociedad contemporánea voraz y caníbal, fútil e insustancial, en la que nos ha tocado vivir, se hace difícil tener fe.
Más información y lista de palabras acogidas así como información sobre sus protectores en http://www.escueladeescritores.com/apadrina-una-palabra .

servido por Aurora
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Hemos salido sobre las 9 de la mañana de Barcelona y ya es mediodía. Una serpiente de curvas inacabables te lleva hasta la cima del cabo para bajarte después a la puerta de un limbo de casas blancas, geranios rojos y buganvillas cárdenas. Debes vendarte los ojos y atravesar el pueblo a ciegas hasta la playa, subirte a un bote y no mirar atrás hasta estar ya olas adentro. A Cadaqués hay que entrar al revés: de mar a tierra.
Desde la barca miras el fondo marino: turquesa, ni verde ni azul. El agua es clara pero brava y siempre está fría, incluso en verano. Hay miles de peces, pulpos, erizos y cangrejos en las rocas, plantas acuáticas. Hoy, por suerte, no sopla la tramontana
y todo está tranquilo.
De nuevo en la orilla, Matisse, Picasso y Man Ray te saludan. Todos han venido a pasar las vacaciones de Semana Santa en casa de Salvador. Nos invitan a disfrutar del día con ellos. Para comer han preparado suquet y unas garotes. También hay sepia con albóndigas y ensalada de primavera con espárragos trigueros y atún. De postre: manzanas asadas con un poco de ron y canela y los típicos taps de Cadaqués.
Después de la sobremesa surrealista, un recorrido por las callejuelas del pueblo, pequeño, penetrante, sereno pero orgánico, y un vagabundeo por la línea de la costa, de cala en cala, acompañados por las gaviotas. Ya hacia la tarde veremos a Dalí paseando por Port-Lligat junto a la bella Lola, recordándonos a todos que dios es voyeur mientras un pescador viejo y curtido remienda su red con una aguja de piedra, el vaso de cremat sobre la arena, y el olor de las sardinas a la brasa bailando en el aire.
El ocaso es de miles de tonalidades naranja sobre azul intenso y nadie puede hacer otra cosa que esperar a que llegue la noche sentado sobre las piedras de una pequeña rada, mirando cómo el mar se apaga de Sol para encenderse de Luna y estrellas. Sólo entonces y no antes nos podemos marchar.
servido por Aurora
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Hay una hora y poco más de Barcelona en tren. Merece la pena levantarse temprano un sábado de primavera y decidir que es un buen día para ir a comer a Girona. El trayecto se hace corto y agradable y, tras unas pocas páginas de un libro o unas cuantas canciones en el reproductor portátil o una conversación jocosa con quien te acompañe o con el vecino/a desconocido/a de butaca, enseguida está una allí, se apea del ferrocarril y entiende que Girona huele ciertamente diferente. Es una ciudad moderna, bastante más pequeña que Barcelona, pero con todas las prestaciones y servicios de la capital autonómica, tranquila, acogedora y amable, hecho que hace tremendamente atractivo el pensamiento de considerarla como destino para vivir en ella una larga temporada. En su aire se columpia el eco de un sonido inefable emitido hace cientos de años, la inmanencia de un río que las ha visto de todos los colores en incontables batallas y asedios y de unas piedras guardianas de miles de secretos históricos que nunca sabremos y que hablan al menos cinco idiomas diferentes (catalán, sefardí, árabe, castellano y francés), ahora amigos, en tiempos pasados enfrentados por cuestiones religiosas, militares, políticas y económicas. Girona no sería, de seguro, la reina de la belleza de ningún baile de ciudades medievales europeas, pues hay localidades mucho más impactantes que ella (como, por ejemplo, la cercana Besalú, otra joya a visitar, pero indudablemente se haría con el título a la más sugestiva y entrañable.
El paseo empieza al salir de la estación de tren hacia el casco histórico. Como ya he dicho, Girona no es grande y los trayectos son asequibles a pie. A la izquierda por la calle Bailén, recto por la calle Barcelona, a la derecha en Nou y en menos de diez minutos estamos sobre el Pont de Pedra, dispuestos a cruzar el río Onyar y entrar en la ciudad vieja. La vista es hermosa, con las casas colgadas y las diferentes pasarelas, cada una de un estilo distinto, una de las imágenes características de la ciudad.

Hay varias rutas a partir de aquí. Yo me decanto por entrar directamente al Call (la antigua judería), vistar la catedral, los museos de historia de la ciudad, de los judíos y de arqueología y continuar hasta los Baños Árabes y el templo de Sant Feliu y el monasterio de Sant Pere de Gallingans para volver después por el paseo de la muralla y gozar de la panorámica sobre la ciudad y la región. Así que seguimos hasta el final del Carrer Nou hasta la Plaça del Vi.
Como en la mayoría de las ciudades medievales, la plaza porticada era el emplazamiento del antiguo mercado ambulante, ahora ocupado por el Ayuntamiento, las terrazas de algunas cafeterías y los escaparates de tiendas de artesanía, librerías especializadas en documentos antiguos y tiendas varias.
Seguimos por Ciutadans recto hasta Força y el resto el trayecto hasta la catedral transcurrirá en silencio para escuchar las historias que los muros y las estrellas de David en las puertas y las escaleras de piedra que suben o bajan quieran explicarnos.

Y, de repente estamos ante la escalinata que conduce hasta la catedral, una mole de roca en la que conviven Románico, Gótico, Barroco y elementos modernos que no fue acabada hasta el año 1975. No soy religiosa, es más, soy bastante atea, pero siempre me fascinarán los templos góticos, su grandiosidad, la capacidad de los maestros de obra antiguos para hacer levantar tales monstruos arquitectónicos con sus escasos recursos tecnológicos medievales. Y siempre me hechizará toda esa semiótica mestiza entre la fe y la mística y lo pagano, entre lo eclesiástico, las sugerencias encubiertas del converso y la imaginaria popular del laico. Nunca entraré a una iglesia a rezar, sí a admirar su incalculable valor artístico y artesano.

Antes de bajar por la muralla para comer (pasear siempre da hambre y la carne y los arroces de la zona merecen una consideración y su correspondiente sobremesa…), nos acercamos hasta la iglesia de Sant Feliu (con sus sepulcros paleocristianos) y los Baños Árabes y rodeamos el monasterio de Sant Pere de Galligans (s.XII) por sus cuidados jardines.
Los dos primeros monumentos prácticamente coexisten pared con pared. La curiosidad del conjunto es que los Baños Árabes no son una construcción de la época musulmana, sino que se trata de una obra románica, edificada durante el siglo XII. 
Podríamos elucubrar al respecto y pensar, por ejemplo, que ello es prueba de que, en algún momento, los conquistadores católicos que gobernaron la ciudad después de su entrega a Carlomagno tras la dominación árabe supieron valorar el peculiar encanto y utilidad pública de este tipo de estructuras típicas de las ciudades moras, pues incluso mantuvieron algunos símbolos mestizos. Pero sería hacer prensa rosa de la historia y no historiografía. Dejémoslo en que es curioso, si no más.

Llegamos a uno de mis lugares favoritos: la muralla. No es tan espectacular como la de Ávila, pero sigue siendo inevitable verse a una misma en un ataque de imaginativa infantil vestida con cota de malla o cimitarra en mano corriendo a despeñar al enemigo. Opinión de adulto: fantástica restauración e inmejorables vistas. Merece la pena recrearse en la panorámica.
Y ahora, sí, tras la caminata, una vez hemos salido del núcleo histórico (pequeño, pero intenso) por el sur de la fortificación, vamos a comer. En realidad, cualquier lugar estará bien para ello; todo dependerá de nuestro presupuesto y de lo que queramos degustar. Las carnes de la comarca son excelentes y los pescados traídos desde la cercana Costa Brava, simplemente exquisitos. Una buena sopa de pescado de primero y una dorada al horno de segundo, acompañadas por un vino blanco del Empordà, o una ensalada y un chuletón con sus patatas asadas a la leña y su escalivada y su vino tinto de Peralada pueden ser dos grandes opciones.
Después de reposar tras los postres y el vasito de licor (unos xuixos o una crema catalana con su azúcar tostado y un chupito de ratafía, para seguir con los productos típicos de la zona…), de la plática sobre la ruta de la mañana o sobre cualquier otro tema interesante y del café, un paseo por la Devesa para acabar de digerir tal gaudeamus, disfrutar de sus 40 hectáreas de parque urbano, sus miles de plataneros centenarios de más de 50 metros de altura, sus castaños, tilos, cipreses, encinas y cientos de flores, patos y palomas en los estanques y alguna que otra ardilla despistada entre los arbustos.
Fácilmente se nos habrán hecho ya las 19:30 o las 8 de la tarde. No lo habremos visto todo, pero sí hemos hecho un repaso a los lugares más emblemáticos e interesantes de Girona. Además, hay que tener en cuenta que el último tren hacia Barcelona sale a las 21:23. Quizás hubiese sido buena idea venir en coche y aprovechar parte de la noche gironina en los cafés de la calle Ballesteries o en los modernos locales de la ciudad nueva o acercase hasta La Mirona en Salt o decidir que sería genial cenar en algún pueblito de la Costa Brava (¿Palamòs, Palafrugell, Begur?), hacer noche allí y pasar el siguiente día en alguna de sus hermosas calas o quizás acercarse al Museo Dalí en Figueres. Pero esa ya es otra excursión…
servido por Aurora
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