Baile de máscaras – Día en Sevilla (o en cualquier otro lugar) – Capítulo 2
Sedentarismo. Ficción inanimada. Retumbar de dientes contra la pared. Solipsismo, vértigo apagado. Las luces en salmuera, próxima su fecha de caducidad. Qué es qué y no cómo, menos quién o cuándo.
Cruzo la calle sin mirar, la cinta de combate atada sobre la frente, y nadie frena. La bocina sobre mi cabeza no sirve absolutamente para nada.
Un brazo primero y el otro después. Buceo entre los pétalos arrancados a mordiscos de orquídeas disecadas en los ataudes para flores de los museos botánicos. Pensamientos yermos. Se abre una mínima grieta entre el gentío y por un momento parezco respirar. Pero otra vez me arrastra la corriente de hojas secas. Soy una sirena con cola de conejo y cara de sapo.
La solución para las grandes familias: pintarse una gran equis negra en la cara y acertar ahí el puñetazo.
Y ayer me decía Gonzalo Rojas que las personas son máscaras sin ojos ni nariz pero seguras de su vuelo y entonces yo le mostré los retratos que hasta ahora he hecho, amasijos de carne y de huesos escondidos entre las ruinas de su propio inicio, exégesis, intermitencia que se refleja en las pupilas de un reptil.
Antifaz sin capa ni espada. Deambulo sonámbula por los pasillos vacíos de corazón pero repletos de falacias del vertedero de vanidades y crepúsculos que es este mundo-pelota.
No hace mucho me jugué el cerebro. Hoy me apuesto las anginas.





zigzag dijo
Para meditar un buen rato.
Un saludo.
18 Octubre 2006 | 05:12 PM