Soliloquio de una imbécil en Fa sostenido menor – 8º movimiento (dolor): de 8 años, 7 vidas, una sinrazón, rabia, congoja y añoranza
Vengo del veterinario. Mi gato Bagheera acaba de morir de la manera más absurda y deshonrosa para un gato: desnucado al caerse de un armario. Y entre las lágrimas y el ahogo por este absurdo tan penosamente absurdo, me tengo que reír, porque el jodido gato nació raro, vivió siendo un freak y, como no podía ser de otro modo en él, hasta para morirse ha tenido que ser único, insólito, estrambótico, original. Como dirían en el pueblo de mi madre, de zascandil, se ha pasado.
Sólo sé que mientras estaba escribiendo el anterior post he oído un zipizape, cosa habitual en mi casa con los dos mininos atizándose bocados en la oreja el uno al otro de vez en cuando, y que, por eso mismo, no me he alterado. Sin embargo, algo me ha dicho (y no soy supersticiosa) que tenía que salir al pasillo. Y allí estaba el animalito, en el arco de la puerta del comedor, tendido e inmóvil, con su carita de gamberro inerte y la lengua fuera tocando el suelo. He gritado, he llorado, he renegado, le he intentado reanimar, pero no se movía. Le cogido en brazos (¡y cómo pesaban esos escasos 5 kilos!) y he salido corriendo hacia la consulta veterinaria, pero cuando he llegado ya no había nada que hacer. Ha fallecido en el acto. Un golpe seco en la nuca.
Conino, mi gato gordo, lleva toda la tarde maullando. Sabe mucho más de lo que creo. Esparciremos las cenizas del que fue su compañero de sofá y correrías durante los últimos 8 años mañana por el jardín de la casa de mis padres, para que se arremolinen entre los setos, las begonias y el limonero y siga corriendo libre y despreocupado como era en este viaje cíclico y arbitrario que es la vida y la muerte. Le voy a echar muchísimo de menos.
Le quiero. Es un gato, un gato negro con ojos verdes, el gato de una bruja como yo, un gato tarado y locuelo, ladrón de coleteros, billetes de metro y de un trozo de mi cama, especialista en llenarme el baño recién fregado de marcas de patita, en tirar cualquier cosa desde encima de cualquier mueble y hacerla añicos, glotón y escandaloso, pero le quiero, porque era mi amigo. Quien lo quiera entender bien; quien no, también. Pero no voy a despedirme de él, ya que tengo por costumbre no despedirme nunca de nadie. Hasta luego, sí; adiós, nunca. Porque la vida no sólo está en ella misma, sino también, como le decía hace unos días a Alejandro, en el recuerdo. El adiós (en positivo o en negativo) sólo existe en el momento en que uno olvida, esa cualidad de la memoria para hacer desaparecer por siempre o hacer persistir en el tiempo. Tampoco quiero ningún pésame. Son incómodos e innecesarios.
Y mientras sigo llorando desconsolada por la pérdida de quien, sin duda alguna, ha sido uno de los amores de mi vida, sólo puedo decirte, Bagheera chiquitín, que siempre, siempre, serás mi gato flaco.






Alexandro Zalamero dijo
Que Bagh esté en tu corazón siempre que algo se marche.
Y q
24 Febrero 2007 | 12:36 AM