Hay una hora y poco más de Barcelona en tren. Merece la pena levantarse temprano un sábado de primavera y decidir que es un buen día para ir a comer a Girona. El trayecto se hace corto y agradable y, tras unas pocas páginas de un libro o unas cuantas canciones en el reproductor portátil o una conversación jocosa con quien te acompañe o con el vecino/a desconocido/a de butaca, enseguida está una allí, se apea del ferrocarril y entiende que Girona huele ciertamente diferente. Es una ciudad moderna, bastante más pequeña que Barcelona, pero con todas las prestaciones y servicios de la capital autonómica, tranquila, acogedora y amable, hecho que hace tremendamente atractivo el pensamiento de considerarla como destino para vivir en ella una larga temporada. En su aire se columpia el eco de un sonido inefable emitido hace cientos de años, la inmanencia de un río que las ha visto de todos los colores en incontables batallas y asedios y de unas piedras guardianas de miles de secretos históricos que nunca sabremos y que hablan al menos cinco idiomas diferentes (catalán, sefardí, árabe, castellano y francés), ahora amigos, en tiempos pasados enfrentados por cuestiones religiosas, militares, políticas y económicas. Girona no sería, de seguro, la reina de la belleza de ningún baile de ciudades medievales europeas, pues hay localidades mucho más impactantes que ella (como, por ejemplo, la cercana Besalú, otra joya a visitar, pero indudablemente se haría con el título a la más sugestiva y entrañable.

El paseo empieza al salir de la estación de tren hacia el casco histórico. Como ya he dicho, Girona no es grande y los trayectos son asequibles a pie. A la izquierda por la calle Bailén, recto por la calle Barcelona, a la derecha en Nou y en menos de diez minutos estamos sobre el Pont de Pedra, dispuestos a cruzar el río Onyar y entrar en la ciudad vieja. La vista es hermosa, con las casas colgadas y las diferentes pasarelas, cada una de un estilo distinto, una de las imágenes características de la ciudad.

Hay varias rutas a partir de aquí. Yo me decanto por entrar directamente al Call (la antigua judería), vistar la catedral, los museos de historia de la ciudad, de los judíos y de arqueología y continuar hasta los Baños Árabes y el templo de Sant Feliu y el monasterio de Sant Pere de Gallingans para volver después por el paseo de la muralla y gozar de la panorámica sobre la ciudad y la región. Así que seguimos hasta el final del Carrer Nou hasta la Plaça del Vi. Como en la mayoría de las ciudades medievales, la plaza porticada era el emplazamiento del antiguo mercado ambulante, ahora ocupado por el Ayuntamiento, las terrazas de algunas cafeterías y los escaparates de tiendas de artesanía, librerías especializadas en documentos antiguos y tiendas varias.

Seguimos por Ciutadans recto hasta Força y el resto el trayecto hasta la catedral transcurrirá en silencio para escuchar las historias que los muros y las estrellas de David en las puertas y las escaleras de piedra que suben o bajan quieran explicarnos.

Y, de repente estamos ante la escalinata que conduce hasta la catedral, una mole de roca en la que conviven Románico, Gótico, Barroco y elementos modernos que no fue acabada hasta el año 1975. No soy religiosa, es más, soy bastante atea, pero siempre me fascinarán los templos góticos, su grandiosidad, la capacidad de los maestros de obra antiguos para hacer levantar tales monstruos arquitectónicos con sus escasos recursos tecnológicos medievales. Y siempre me hechizará toda esa semiótica mestiza entre la fe y la mística y lo pagano, entre lo eclesiástico, las sugerencias encubiertas del converso y la imaginaria popular del laico. Nunca entraré a una iglesia a rezar, sí a admirar su incalculable valor artístico y artesano.

Antes de bajar por la muralla para comer (pasear siempre da hambre y la carne y los arroces de la zona merecen una consideración y su correspondiente sobremesa…), nos acercamos hasta la iglesia de Sant Feliu (con sus sepulcros paleocristianos) y los Baños Árabes y rodeamos el monasterio de Sant Pere de Galligans (s.XII) por sus cuidados jardines. Los dos primeros monumentos prácticamente coexisten pared con pared. La curiosidad del conjunto es que los Baños Árabes no son una construcción de la época musulmana, sino que se trata de una obra románica, edificada durante el siglo XII.

Podríamos elucubrar al respecto y pensar, por ejemplo, que ello es prueba de que, en algún momento, los conquistadores católicos que gobernaron la ciudad después de su entrega a Carlomagno tras la dominación árabe supieron valorar el peculiar encanto y utilidad pública de este tipo de estructuras típicas de las ciudades moras, pues incluso mantuvieron algunos símbolos mestizos. Pero sería hacer prensa rosa de la historia y no historiografía. Dejémoslo en que es curioso, si no más.

Llegamos a uno de mis lugares favoritos: la muralla. No es tan espectacular como la de Ávila, pero sigue siendo inevitable verse a una misma en un ataque de imaginativa infantil vestida con cota de malla o cimitarra en mano corriendo a despeñar al enemigo. Opinión de adulto: fantástica restauración e inmejorables vistas. Merece la pena recrearse en la panorámica.

Y ahora, sí, tras la caminata, una vez hemos salido del núcleo histórico (pequeño, pero intenso) por el sur de la fortificación, vamos a comer. En realidad, cualquier lugar estará bien para ello; todo dependerá de nuestro presupuesto y de lo que queramos degustar. Las carnes de la comarca son excelentes y los pescados traídos desde la cercana Costa Brava, simplemente exquisitos. Una buena sopa de pescado de primero y una dorada al horno de segundo, acompañadas por un vino blanco del Empordà, o una ensalada y un chuletón con sus patatas asadas a la leña y su escalivada y su vino tinto de Peralada pueden ser dos grandes opciones.

Después de reposar tras los postres y el vasito de licor (unos xuixos o una crema catalana con su azúcar tostado y un chupito de ratafía, para seguir con los productos típicos de la zona…), de la plática sobre la ruta de la mañana o sobre cualquier otro tema interesante y del café, un paseo por la Devesa para acabar de digerir tal gaudeamus, disfrutar de sus 40 hectáreas de parque urbano, sus miles de plataneros centenarios de más de 50 metros de altura, sus castaños, tilos, cipreses, encinas y cientos de flores, patos y palomas en los estanques y alguna que otra ardilla despistada entre los arbustos.

Fácilmente se nos habrán hecho ya las 19:30 o las 8 de la tarde. No lo habremos visto todo, pero sí hemos hecho un repaso a los lugares más emblemáticos e interesantes de Girona. Además, hay que tener en cuenta que el último tren hacia Barcelona sale a las 21:23. Quizás hubiese sido buena idea venir en coche y aprovechar parte de la noche gironina en los cafés de la calle Ballesteries o en los modernos locales de la ciudad nueva o acercase hasta La Mirona en Salt o decidir que sería genial cenar en algún pueblito de la Costa Brava (¿Palamòs, Palafrugell, Begur?), hacer noche allí y pasar el siguiente día en alguna de sus hermosas calas o quizás acercarse al Museo Dalí en Figueres. Pero esa ya es otra excursión…