Hemos salido sobre las 9 de la mañana de Barcelona y ya es mediodía. Una serpiente de curvas inacabables te lleva hasta la cima del cabo para bajarte después a la puerta de un limbo de casas blancas, geranios rojos y buganvillas cárdenas. Debes vendarte los ojos y atravesar el pueblo a ciegas hasta la playa, subirte a un bote y no mirar atrás hasta estar ya olas adentro. A Cadaqués hay que entrar al revés: de mar a tierra.
Desde la barca miras el fondo marino: turquesa, ni verde ni azul. El agua es clara pero brava y siempre está fría, incluso en verano. Hay miles de peces, pulpos, erizos y cangrejos en las rocas, plantas acuáticas. Hoy, por suerte, no sopla la tramontana
y todo está tranquilo.
De nuevo en la orilla, Matisse, Picasso y Man Ray te saludan. Todos han venido a pasar las vacaciones de Semana Santa en casa de Salvador. Nos invitan a disfrutar del día con ellos. Para comer han preparado suquet y unas garotes. También hay sepia con albóndigas y ensalada de primavera con espárragos trigueros y atún. De postre: manzanas asadas con un poco de ron y canela y los típicos taps de Cadaqués.
Después de la sobremesa surrealista, un recorrido por las callejuelas del pueblo, pequeño, penetrante, sereno pero orgánico, y un vagabundeo por la línea de la costa, de cala en cala, acompañados por las gaviotas. Ya hacia la tarde veremos a Dalí paseando por Port-Lligat junto a la bella Lola, recordándonos a todos que dios es voyeur mientras un pescador viejo y curtido remienda su red con una aguja de piedra, el vaso de cremat sobre la arena, y el olor de las sardinas a la brasa bailando en el aire.
El ocaso es de miles de tonalidades naranja sobre azul intenso y nadie puede hacer otra cosa que esperar a que llegue la noche sentado sobre las piedras de una pequeña rada, mirando cómo el mar se apaga de Sol para encenderse de Luna y estrellas. Sólo entonces y no antes nos podemos marchar.