Al principio eras
una lámpara de pie
en una sala de estar con las paredes blancas.
Alumbrabas la nada y
ella te sonreía.
Después fuiste
el fuego de la cerilla
con que prendí mi primer cigarrillo.
Te apagaste a mi soplo
para volverte a encender.
Más tarde llevaste
un collar alrededor del cuello hecho
con las cuerdas viejas de una guitarra herida
y los versos libres que, entre las dos,
habíamos escrito.
Pero hace tiempo que te pareces,
cada vez más, al taxi en el que viajan los desenlaces...
Y creo que nunca sabré darte nombre,
aunque te sienta siempre ahí,
justo en medio de mis dos cuerdas vocales,
fragilidad de filtro azul (o de una noche
de luna llena a quince grados bajo cero)
sobre un acorde lidio, como
la lágrima que pende de mi alma
para siempre...




